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lunes, 28 de agosto de 2017

No tinc por. La comparto pero, como suele ocurrir con las cosas importantes, comparto esa frase y también su opuesta, su contraria: Jo tinc por.

Imágen y texto de :
www.elperiodico.com/es/opinion
/ Risto Mejide /

Yo, siendo sincero,
debo decir que jo tinc por. 


Y me consta que no soy el único.
Creo que entiendo
la intención de la frase,
lo que quiere decir.
Pero como suele ocurrir
con las cosas importantes, 
comparto esa frase
y también su opuesta,
su contraria.



Jo tinc por.
Miedo de que consigan cambiarnos a golpe de atentado, a golpe de terror.
Miedo de que al final consigan que nos quedemos en casa.
Miedo a que acabemos cambiando nuestra vida, nuestros hábitos y nuestros derechos, conseguidos a golpe de sangre, sudor y lágrimas, y que ahora un grupúsculo de desgraciados y malnacidos pretenden arrebatarnos.
Jo tinc por.
Miedo de que lo que expresamos estos días en manifestaciones de todo tipo se acabe olvidando.
Miedo de que nos volvamos a relajar.
Miedo a que volvamos a pensar que cada muerto en Siria, Libia o Irak no va con nosotros.
Miedo a que la distancia sea el olvido.
Miedo a que vuelvan a aprovecharse de nuestra desafección.
Jo tinc por. Miedo a los otros extremistas.
Miedo a los xenófobos.
Miedo a los racistas.
Miedo a todos aquellos que por fin ven legitimada su radicalidad.
Miedo al ignorante.
Miedo al Cordobés. Nah, a ése no. Pero sí miedo a todos esos chavales que ahora estarán pensando que lo mejor que pueden hacer es pillar su fusil y largarse a pegar tiros por su cuenta.
Miedo a todos los que piensan en que la solución se encuentra al margen de nuestras fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado, las únicas a las que les hemos concedido entre todos el uso legítimo de la violencia para cuando no haya más remedio que contraatacar.
Miedo a los que pretenden convertir un Estado de derecho en un far west, en un ojo por ojo, en una Ley del Talión.
Miedo a la violencia preñada de más violencia.
Miedo a no acudir a las causas y miedo a sus consecuencias.
Miedo al nosotros y al ellos.
Miedo a la simplificación, tan engañosa como tentadora en situaciones como ésta.
Miedo a que un solo abrazo se convierta en noticia, y no porque no sea digno de serlo, sino porque no haya más.
Y por último, jo tinc por.
Miedo al uso que se le pueda dar al dolor por parte de las instituciones, partidos políticos y entes de guardar. El dolor, ese arma de destrucción masiva que destruye incluso a quien cree que la sabe activar.
Por eso también tengo miedo a la división, al oportunismo, al electoralismo, a banalizar las víctimas y acabar convirtiéndolas en datos de intención de voto.
Tengo miedo a lo bajo que puedan caer quienes lo hacen todo siempre «por nuestro bien».
Por todo ello, porque acepto mis miedos, mis miserias y mis errores, ya estoy en disposición de combatirlos.